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lunes, noviembre 24, 2008

 

Querido Santa:


Hace unos días estaba en mi cubículo en el siglo almorzándome un duvalín y decidí escribirte esta carta. Creo que empezamos con el pie izquierdo. Los últimos 25 años creo que me sirvieron para aceptar que existís. He pasado a la etapa del cambio. Existís Santa, lo siento. Se que tu gran corazón me perdonará.

Este cambio nace de entender por que nunca me trajiste lo que pedí. Te lo agradezco, fueron grandes lección que, ¡Oh tonto de mi!, entendí tanto tiempo después.
Para que veás que si te puse atención voy a enumerar todas las cosas que te pedí hasta los 12 años, fecha en la que decidí dejar de creer en vos. Cuando te sustituí por una creencia más cierta, fundamentada y retribuida como lo es el catolicismo que nubló mi vista hasta llegar a la universidad, pero me estoy desviando del tema.

Entiendo porque nunca trajiste los patines en línea que estaban tan de moda en aquella época. Seguramente pensaste “¡Mmm, no! este muchachito se va ir a romper el hocico en una banqueta… mejor no. y que luego me echen a mi la culpa… ja mi huevo no no no no no”.
Y fue por eso que en esa Navidad de 1993 no me trajiste los patines, y me diste mi primer desodorante. Gracias, lo necesité hasta unos años después pero muchas gracias. Hombre precavido vale por dos.


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No creás. Estoy muy agradecido con vos. Recuerdo que las mejores navidades fueron entre 1987 y 1992. No recuerdo a ciencia cierta que pasó. Pero estoy seguro (y mis dos hermanos dan fe de eso), que fueron navidades muy buenas con buenos profits. Recuerdo que cada uno teníamos una balde para lavar ropa lleno de juguetes de todos tamaños. GI Joe´s, He mans, Micro machines (puta como amaba a esos carritos cerotes y vos lo sabés bien), Incluso los muñecos del Chavo del ocho que tanto odiaba y utilizaba para torturar y para pruebas explosivistas, porque su programa me parecía estúpido. Recordás como me divertía con las bombas y cuetes.

Sin embargo, sé porque no me volviste a traer nada los años siguientes. No te estoy acusando de rencoroso, simplemente digo que sos un juez estricto, pero justo. Yo también recuerdo La Tirazón del 94. Pero entendela, mamá solo quería imitar tu ejemplo. Se que ella solo quería hacer feliz a los hijos de Amparo (¿recordás, la señora que nos limpiaba la casa?), y fue por ello que decidió regalarles nuestros juguetes.

Se que mis lágrimas fueron infantiles e inmaduras. Pero bueno dame un poco de crédito, sólo tenía 11 años. El hecho que mamá regalara mis juguetes no era motivo para hacer tanto berrinche. Sobre todo cuando le pregunté porque lo había hecho dijo “¡Hay el Gabriel!, ¡Como siempre protestando, muchachita droga y amargado! ¿¡Que no ves que los juguetes son para los niños pobres!?“. Ahora entiendo porque en aquella ocasión cuando grité con todas mis fuerzas “¡Pero si nosotros somos pobres!” antes de lanzar mis platos al suelo, con esos frijoles que tanto odio y que siempre me obligaron a comer, sólo ameritaba un tapaboca. Claro. Los jalones de pelo, manotazos y empujones que mi papá agregó a mi comportamiento no eran para menos. Me comporté como un niño miserable al querer de nuevo mis juguetes.

Pero viste, aprendí mi lección, desde esos días en los que a puro golpe entendí que mis juguetes no regresarían nunca, nunca más volví a dejar mis juguetes regados en la casa. Recordás que todos los que seguiste trayendo, (los cinco o seis que siguieron) los guardé en sus cajas y no los jugué. Sabía que debía protegerlos. Ves que mi camión de volteo Tonka está intacto, al igual que aquél otro carro que mi padrino envió de EEUU, junto a un robot bien talega que solo encendí dos veces, ¡aquél hombre! El que las baterías eran muy caras y por eso no me las compraban, si ese.
Ves que ahí los tengo guardaditos para que veas que si aprendí y ahora respeto lo que me trajiste.

Creeme aprendí, y hoy, tanto tiempo después entiendo que todo fue por mi bien. Dejaste de traerme regalos por eso, para que aprendiera el valor de guardar las cosas, el valor de no tomar riesgos innecesarios. Y mirá que puse atención.

El Nintendo8bit, el SNES y el N64, que nunca trajiste. Fue porque sabías que al tenerlo, me empezarían a reclamar el gasto desmedido en la luz. Gracias, me ahorraste puteadas. Eventualmente sabías que mis notas bajarían a 85 y mis papás me regañarían por no sacar como mínimo 90, si lo único que hacía era estudiar. Pero acepto que en eso si falle, del primer día de básicos a al último día de universidad mis notas no subieron de 65. Sorry.

Las bicicletas que anualmente pedía, nunca vinieron porque evitaste que me las robaran. Como sabías que me la pasaría en la calle jugando, eventualmente me las robarían y sabías que mi papá me verguiaría por no usar la cicle solo frente a mi casa. Como le pasó a Julio Bobadilla, aquel cuate que lo verguiaron sus papás por andar con la bicicleta en la esquina el día que lo asaltaron.

Gracias, recuerdo todas las cosa que nunca trajiste y se que fue por eso, por mi bien. Te agradezco a vos y a tus cuases… esa mara de oriente que les dicen Los Magos, Al Melchor, Gaspar y Baltasar, gracias mucha de todo corazón, gracias miles.

Por eso este año que he vuelto a creer en vos, no te pediré nada, porque sé que todo lo que me hace falta, me hace falta pro mi bien. Tanks.

PS. Yo que vos dejaba de estar leyendo estas cartas pizadas porque a la señora clos se la están cogiendo los duendecitos. Corre antes de que le toque a Rudolph porque dicen que tiene verga de burro y la va a partir en dos.

Feliz Navidad.

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